Crónica cordial de un segundo paseo por la Zaragoza en transformación.
De vuelta en el bus turístico. Un segundo vistazo a la ciudad desde el piso superior de un autobús servirá para recabar más detalles de los proyectos del Ayuntamiento y del consorcio de Expo Zaragoza 2008.
Me gustó contemplar la ciudad desde lo alto, con otra mirada. Sin las prisas de la cotidianeidad. Unos metros por encima de mis ojos como peatón o ciclista. Además, a cuatro meses de mi primer paseo, quizás descubriría otros asuntos.
La salida se retrasa. No avisan del traslado del lugar de salida. La cita estaba prevista, como de costumbre, en la calle don Jaime I a la altura de la Plaza del Pilar. Pero permanece cortada, unos días después de la traca final de las Fiestas, sin que nadie sepa muy bien por qué. Los vecinos de la Margen Izquierda de Zaragoza ya no pueden llegar a esta otra orilla del Ebro en los autobuses públicos que les conducían directamente al centro, que se encuentra con importantes embotellamientos de vehículos a motor.
Una azafata, sin uniforme de la Expo, nos indica que tenemos que ir hasta el Coso, concretamente frente al Teatro Principal. Allí nos dirigimos. Algunos visitantes se quejan porque habían dejado su número de teléfono en la Oficina de Turismo y nadie se ha dignado a informarles del cambio en la salida. Es de suponer que quien llegó ese día unos minutos tarde se quedó en tierra.
Nos invitan a subir al autobús. De nuevo, elegimos el piso de arriba, esta vez cubierto por un toldo de plástico. El motor ya está en marcha, pero no salimos. Un compañero indica que un autobús con el motor en marcha al ralentí gasta 10 litros de combustible por hora (permito que este dato se utilice en la Expo). El efecto invernadero que se genera en ese espacio hace que nos asemos como pollos. Durante media hora esperamos a iniciar la ruta. ¿La razón? Que la llave del sistema de megafonía no aparece y alguien la tiene que traer desde las oficinas de Tuzsa, la compañía monopolizadora del transporte público en la ciudad.
En ese rato, pedimos que se abra el techo, pero no hay forma de hacerlo. La gente, casi todas personas mayores de Zaragoza acompañando a amigos de fuera, se empieza a impacientar. Pero lo hacen con buen humor, cantando “¿Dónde están las llaves, matarile rile rile? ¡En el fondo del Ayuntamiento, matarile rilerón chispón!”.También nos dedicamos a observar algunos detalles del autobús. La luna delantera está completamente astillada, con grave peligro de rotura. La rueda trasera derecha del autobús estaba muy desinflada, pero supongo que estos son datos sin importancia propios del aburrimiento.
La falta de puntualidad, el sopor y la mala organización enaltecen el cabreo de algunos pasajeros que señalan a los jerifaltes del Ayuntamiento como “esta gente a la que damos de comer todos”. La azafata capea el temporal con gran amabilidad y saber hacer.
El inicio de la visita era a las 16.30 horas y finalmente salimos a las 17.05 hs. Para recuperar el tiempo perdido, el autobús comienza saltándose dos semáforos en rojo en el Coso y la Avenida Cesaraugusto. En los primeros minutos, la megafonía no funciona y es la azafata la que tiene que improvisar micrófono en mano algunas explicaciones, idénticas a las que se relatan en la “Crónica disparatada de un paseo en el bus turístico”.
A la altura de las Murallas Romanas, el personal alucina cuando, en vez de explicar las características de este fundamental legado cultural de la ciudad, la voz enlatada (que por fin se hace sentir) detalla las características del Hotel NH de reciente construcción. A partir de ahí, nadie se sorprende ya de que el paseo vaya dirigido hacia las nuevas edificaciones de Zaragoza, ninguneando los edificios monumentales que son reflejo de la historia de la ciudad.
Antes de llegar al Centro de Visitantes de la Expo constatamos que las obras avanzan poco a poco. El acuario ya está casi levantado y se ven más de 15 grúas de las grandes a la vez. No sé muy bien por qué, pero me acuerdo del Pirineo.
Al llegar al pabellón, vemos que han colocado un aparcabicis para 10 vehículos en la puerta. En su interior también han añadido un nuevo audiovisual en el que se concretan las obras previstas del plan de acompañamiento de la urbe en transformación. Sorprendentemente, incorporan en las obras unidas a la Expo la reforma del Teatro Fleta (sin mencionar que se ha privatizado y regalado casi gratis a la SGAE), la nueva Escuela de Artes (que sigue sin ser aceptada por alumnos y profesorado) o las mejoras en el Edificio Paraninfo (que empezaron hace años). Estas obras, y otras más, no parecen tener relación directa con la Expo, pero aquí se dejan caer sutilmente como logros de la muestra internacional.
También se menciona la cifra de 15.000 voluntarios, dato absolutamente falso en la actualidad.
Se dice que va a participar 100 países en el evento, cuando a menos de dos años de su inicio (que recordamos es el 14 de junio de 2008) solo han confirmado 53 naciones.
Escuchamos, según se dice en el vídeo, que el Pabellón de Aragón se va a centrar casi exclusivamente en Zaragoza y en los usos que del agua han hecho las diferentes culturas que aquí han convivido.
Se cuenta que los peces del acuario ya están creciendo en piscifactorías para contar con un buen tamaño durante la celebración de la Expo.
Cifran en 3.400 es el número de espectáculos que han contratado durante los 3 meses de evento, algo también falso, ya que acaban de empezar a contactar con compañías de teatro, música, etc siendo hasta el momento tan solo unas decenas las confirmadas.
El azud en el Ebro (la obra que hasta el momento más controversia ha ocasionado por sus destrozo medioambiental y su elevado coste) se justifica necesaria para que se pueda entrar en barco a la Expo, remontando el río desde la Plaza del Pilar hasta el Puerto Fluvial de próxima construcción.
Otra de las rocambolescas entradas a la Expo se hará mediante un teleraíl desde la Estación Intermodal de Delicias. Al respecto, recomiendo el visionado del hilarante episodio de Los Simpsons sobre el Monorraíl.
De nuevo nos trasladan por una sala “de mucho frío” en la que huele mal a pintura y nadie entiende nada; y por una absurda sala que simula una tormenta tropical de forma muy cutre, hasta un lugar donde nos ponen otro vídeo entre luces no aptas para enfermos epilépticos.
Volvemos al autobús, que arranca de nuevo con brío saltándose otros dos semáforos en rojo por el Actur. Observamos que, al igual que en Valdespartera, la Ronda del Raval, una de las primeras calles de acceso a la Expo, han empezado poniendo las farolas. Curioso, desde luego.
La ruta sigue, como en la anterior visita, por los centros comerciales, de negocios y hoteles. A la altura de la Vía Hispanidad, donde el cierzo sopla como de costumbre, los continuos golpes del toldo hacen imposible la escucha de la megafonía. No obstante, la vista nos permite descubrir marquesinas de autobús colocadas en medio del nuevo carril bici o el césped (especie tan sostenible y ahorradora de agua) que han elegido para reformar este importante acceso a Zaragoza.
Nos sorprende que, a orillas del río Ebro, se aprovecha un semáforo en rojo (en el que, ésta vez sí, nos detenemos) para explicar en detalle las características de un nuevo bloque de viviendas. Sin más.
Como colofón y nota positiva, la visita se alarga hasta la recientemente reformada Casa Solans, un estupendo edificio que estuvo a punto de ser derrumbado, y que ha recuperado su esplendor perdido y su uso como oficinas municipales.
Con un leve dolor de cabeza por el martillazo de la música mezclado con los golpes de la cubierta y los sudores generados, nos despedimos hasta la próxima visita.
Zaragoza, no te reconozco.


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