¿Un libro anti-Expo?
Cierto revuelo mediático se ha producido estos días con la publicación del libro de Rafael López Insausti y Diana López, El Cachirulo de las vanidades
El libro, elaborado en torno a todo el aluvión de noticias que produjo la celebración del evento, tanto en medios locales como estatales, hace un repaso crítico de lo dicho, comparándolo con la apabullante realidad.
Lo que en un principio no tendría por qué ser un libro contra la Expo termina por desgranar el desastre de la Expo, cuando aún no acaban de quedar nada claro lo que sucederá con la post-Expo y sus edificios “estrella” abandonados desde hace año y medio y otros, como el Palacio de Congresos, cayéndose a pedazos.
Añadimos un nuevo artículo de opinión de José Luis Trasobares, que puede ilustrar muy bien el espíritu del libro:
¡Pues claro que la Expo no fue ningún éxito!.
11/01/2010 JOSÉ LUIS Trasobares
El Periódico de Aragón
La aparición de un libro retrospectivo sobre la Expo. firmado por Rafael y Diana López ha causado notable sensación en el foro, lo cual demuestra lo poco acostumbrados que estamos a darnos de bruces con opiniones críticas o con la simple realidad tal cual. Pero El cachirulo de las vanidades (que tal es el título de la obra en cuestión) no hace sino pasearse por todos los titulares e informaciones oficiales/oficiosas que rodearon al 2008 para demostrar con qué facilidad se le venden a la opinión pública aragonesa las mixtificaciones, invenciones, medias verdades y medias mentiras de quienes gobiernan.
¡Por supuesto que la Expo no fue ningún éxito! Sólo hay que analizar el 2009 para captar el fracaso de las grandilocuentes acciones que alcanzaron su clímax en el año anterior. Ni mayor relevancia de Zaragoza en el mercado de ciudades, ni más turistas, ni un legado intelectual que nos ponga en el mapa, ni búsqueda alguna de la sostenibilidad que supuestamente dio contenido al certamen de Ranillas. Claro que llamar a esto fracaso a lo mejor tampoco es correcto, puesto que la Expo nunca llegó a ser concebida (ahora lo vemos claramente) como una acción de alcance internacional, sino como una especie de larga fiesta veraniega destinada básicamente al disfrute de los zaragozanos y gente de los alrededores. Y tal objetivo se alcanzó sin problemas. El personal de aquí se quedó encantado. Otra cosa es que ahora, con la crisis encima, a muchos se les olviden aquellos maravillosos días y a otros (los menos y los más agudos) se les abran los ojos sobre la desproporción que hubo entre una inversión de capital público tan enorme y sus logros permanentes a medio y largo plazo.
¿Hubiésemos entendido otro tipo de Expo, más sofisticada, más ambiciosa, menos obvia en edificios emblemáticos y más volcada en los contenidos, mejor vendida en el exterior y más proyectada hacia el análisis ecologista y la auténtica sostenibilidad? Ésa es la duda. A lo mejor tanto Belloch como Gistau y Blasco se limitaron a cubrir el expediente de cara a la parroquia, su parroquia. Sólo fueron a montar un festival, no a cambiar ni la ciudad ni (mucho menos) el mundo.


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