¿Nueva cultura?
Tomamos prestado, una vez más, un artículo de la prensa pro-Expo (Que es toda porque para eso la paga quien la paga) de una de las pocas voces críticas que se oyen entre tanta alabanza desmedida, José Luis Trasobares.
En las mismas riberas del Ebro, cuyo plan de adecentamiento fue presentado como el no va más, los matojos crecen y amarillean, el césped se fríe al sol y los arbolillos han de tirar por su cuenta. Pasan algunas brigadas de limpieza pero ni un solo jardinero. Y eso que todavía estamos en plena Expo. Imaginen ustedes lo que puede pasar cuando se nos pase el subidón de este prodigioso verano.
Hay cosas peores: está todavía por ver que Zaragoza y Aragón entero hayan asimilado los conceptos más elementales de eso que solemos denominar nueva cultura del agua. Las instituciones siguen ajenas a una realidad que ya no plantea como problema (al menos no como principal problema) ni la regulación ni el control de las aguas salvajes ni siquiera el incremento indefinido de los regadíos, sino la recuperación de nuestros ríos como simples espacios naturales. El reto está en reducir la sobreexplotación y la contaminación, en cumplir la directiva europea y en tratar con suma delicadeza a una cuenca machacada y decadente.
Los empresarios del sector de áridos quieren entrar a sacar gravas cuando, donde y como les interese. Está en marcha un increíble trasvase de agua del Huerva a la zona de Valmadrid para regar a manta futuros pelotazos urbanísticos. Las gentes a las que les han clavado un pantano son olvidadas por las autoridades de Madrid y de Aragón (para más inri se están haciendo embalses de muy dudoso futuro y utilidad)… Todo esto es incomprensible y evidencia que la hidrología oficial anda fuera de cacho. Seguimos negandonos a admitir cualquier trasvase del Ebro (aunque el último sustico puso de manifiesto no pocas vacilaciones), pero en todo lo demás… ¡uuufff!
Al final, la Expo nos va a dejar más que nada una herencia de edificios e infraestructuras. Gozaremos con ellos porque ésta es una ciudad viciada por el hormigón y el ladrillo. En cuanto a las riberas ajardinadas y el flamante parque metropolitano, ya veremos quién los cuida. Del agua, oigan, lo que más interesa es que dé fondo suficiente para los famosos barquitos. Y a correr.


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